Una sola crisis, la del capitalismo (1)

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Este artículo fué publicado en Catalunya Plural el 3 de abril de 2020

Artículo en catalán

Autoria: Josep Cabayol, Ester González i Siscu Baiges

 

Dedicamos este artículo a todas las trabajadoras y trabajadores que están jugándose la vida para que todas tengamos futuro. Nunca se lo podremos agradecer lo suficiente. Gracias a todas.

 

Septiembre de 2019. OMS y Banco Mundial:

nos enfrentamos a la amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio

 

La pandemia generada por el coronavirus SARS-CoV-2 (muy probablemente causada por el contacto humano con virus que habitan lugares recónditos a los que no había llegado la mal llamada ‘civilización capitalista’ hasta el desarrollo de la industria agropecuaria y las deforestaciones masivas) es una cara más de la emergencia/urgencia ecológica que vivimos. Como lo son el calentamiento global y las crisis económica, social, cultural y ecológica caracterizadas por las desigualdades crecientes, la acumulación en pocas manos, el empobrecimiento de la mayoría, la precarización, la privatización de los derechos y la inequidad. En definitiva, la supeditación de las personas y la biosfera al beneficio del capital.

Contrariamente a la manera en que los legisladores suelen pensar, estos problemas no son en realidad ninguna crisis separada, sino una sola crisis de salud planetaria.

Dos curvas.

Hay dos curvas que debemos allanar. La curva de infecciones por coronavirus y la curva de emisiones globales”. Lo decía Faith Birol, director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía, a modo de conclusión en un artículo en la revista Prospect, el 24 de marzo pasado.

 

Energía y gases de efecto invernadero

El coronavirus Covid-19 ha llegado en un momento en que la vulnerabilidad económica es extremadamente alta: nivel exorbitante de endeudamiento, como nunca en la historia (253 billones de dólares a finales de 2019). Una deuda, que, a nivel global, triplica el PIB mundial.

Y con los precios del petróleo por los suelos debido a la disputa entre los grandes productores por el control del mercado mundial y la caída de la demanda por el parón económico. Los desacuerdos en la reducción de la producción de petróleo para mantener/subir precios (los rusos de ninguna manera querían hacerle el caldo gordo a la industria estadounidense del fracking que necesita precios por encima de 50 dólares para ser viable) dieron un vuelco a las políticas energéticas, y en lugar de subir los precios reduciendo la producción, Arabia Saudita decidió reventar el mercado a la baja, anunciando que inundaría el mundo de petróleo en un intento de hacerse con el mercado. Los rusos envidaron. El coronavirus ha hecho el resto. Parada la producción económica, cae la demanda y los precios. La industria del fracking está en quiebra. Se espera una reducción del consumo de petróleo de 20 millones de barriles diarios en el transcurso de los próximos meses.

A todo esto, China, de salida de la pandemia, ha decidido, – para remontar y tomar la iniciativa -, construir docenas de nuevas centrales de carbón con un plan de estímulo de 50 millones de yuanes, avanzado el pasado mes de febrero, anticipándose al decimocuarto plan quinquenal 2021/2025. Entre las centrales en construcción, las previstas y las anunciadas ahora, se superarían con creces las 210 nuevas inicialmente previstas hasta llegar a las 250, camino de alcanzar los 1.300GW de potencia en 2030, desde los 1.050 actuales. Pero no sólo China. Tampoco los principales productores / consumidores de carbón muestran ningún interés en detener la obtención de energía a través de la fuente energética más contaminante. Ni Polonia, ni Australia, ni la India o Rusia. Tampoco Alemania, que antes de la crisis del coronavirus estaba acumulando carbón que le vendían los Estados Unidos.

La actuación de China, la demostración que quieren remontar el vuelo, coincidiendo con el derrumbamiento del fracking; y las ayudas y moratorias solicitadas por las industrias petroleras, le ha servido de excusa a Trump para anunciar que suspende la implementación de todas las leyes medioambientales. Las leyes que preveían sanciones a empresas que no respeten las normativas en cuanto al agua, al derrame de residuos tóxicos o las reguladoras de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), por poner unos ejemplos. Tampoco se podía esperar otra cosa. El director de la Agencia de Protección medioambiental es Andrew R. Wheeler, un abogado que se ha distinguido por hacer lobby a favor del carbón, oponiéndose a las medidas de protección ambiental que proponía la administración Obama. El zorro dentro del gallinero.

Trump también ha suspendido los criterios de eficiencia que debían cumplir los automóviles con respecto a los combustibles. Desde el comienzo del mandato, ha eliminado más de un centenar de regulaciones para prevenir el calentamiento global, la contaminación, el vertido de tóxicos y la contaminación del agua. Pero aún más. Ahora que tiene garantizada la fidelidad de Colombia, Ecuador y Brasil – petróleo -, Bolivia – litio – y se esfuerza por conservar la de Chile – litio y cobre -, ha girado la vista de nuevo hacia Venezuela, acusando a Maduro de narcotraficante. Una flota de los Estados Unidos se ha desplazado cerca de Venezuela para luchar, dicen, contra el narcotráfico. Una acusación similar a Noriega desencadenó la invasión de Panamá. También ha advertido Arabia Saudí que no puede seguir inundando el mundo de petróleo. Y a Rusia. Hay que salvar el fracking como sea.

En otras palabras, las empresas, la economía neoliberal, el sistema capitalista por delante de la salud de las personas, del derecho a la vida. No han aprendido nada, ni tienen ningún interés en hacerlo.

Así, seguro que no se aplana la curva de las emisiones contaminantes y del calentamiento global. De hecho, la reducción de GEI es escasa y la inercia climática demasiado alta como para esperar un descenso significativo en el aumento de la temperatura. A 31 de marzo de 2020, la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera era de 415,6 ppm / partes por millón. Hace un año fue de 412,37. Según la NOAA – Administración Nacional, Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos – entre enero y marzo de 2020 la concentración de GEI ha aumentado desde las 411,6 ppm de hace un año hasta 413,89 actuales.

No vamos bien. Tanto en China como en Estados Unidos han decidido ‘relanzar’ su economía sin restricción ambiental. No les importan los GEI, ni la contaminación, ni las agresiones a la biosfera. Sólo salvar el presente económico y sistémico ‘a toda costa’. Detrás irán los demás. Otra cosa es hasta donde será posible recuperar la economía. Y peor, los daños que causarán la salud planetaria.

 

La vulnerabilidad económica estaba anunciada

El 2019, llegó a manos de SICOM un informe esclarecedor de la Unidad BIOS de Helsinki para el informe de las Naciones Unidas sobre desarrollo sostenible: Governance of EconomicTransition. El estudio analiza la necesaria transformación de las economías. El autor principal es el Dr. Paavo Järvensivu, un economista biofísico.

En sus conclusiones, entienden que el capitalismo, tal y como lo conocemos, se ha acabado. Que tenemos que pasar rápidamente a una economía global radicalmente diferente. Y que los mercados no pueden liderarla. Los modelos económicos convencionales, afirman, ignoran casi por completo las dimensiones energéticas y materiales de la economía. Los límites planetarios que imposibilitan el crecimiento permanente. El cambio climático y la extinción de especies se aceleran a medida que las sociedades experimentan una creciente desigualdad, desempleo, lento crecimiento económico, aumento de los niveles de deuda y gobiernos impotentes.

A medida que los costos ecológicos y económicos del consumo industrial excesivo aumentan, el crecimiento económico constante, al que nos hemos acostumbrado y que el capitalismo necesita, está en peligro. Y gran parte de la volatilidad política y económica que hemos visto en los últimos años tiene una causa fundamental en esta creciente crisis ecológica.

Los autores, antes de la crisis del coronavirus, ya avanzaban y relacionaban directamente la intensa y dramática crisis climática/ecológica/económica que ya vivíamos, con la salud, la precariedad/pobreza, desposesión, acumulación/riqueza, desigualdades, migraciones. Estos procesos – sostenían – amplifican e interactúan con los problemas sociales y económicos existentes. En términos extremos, la crisis ambiental podría provocar un colapso catastrófico de los sistemas humanos. Choques económicos, sociales y políticos que se contagiarían a través de la globalización. Y ponían el ejemplo de la vulnerabilidad de los sistemas alimentarios, que confían en sólo cinco especies animales y doce cultivos para proporcionar el 75% de la nutrición mundial.

 

Covid-19 y salud planetaria

La curva del coronavirus se aplana, a corto plazo, con la gestión de la pandemia sin supeditar las decisiones a la economía. Pero de cara al futuro, se aplanará si, en lugar de someter la biosfera, nos relacionamos con ella, le reconocemos su independencia, renunciamos a emanciparnos de ella y evitamos las malas consecuencias que se derivan de su colonización/sumisión.

La historia de la humanidad es inseparable de la historia de la biosfera. No podemos continuar pretendiendo someterla, dominar los procesos naturales a través de la tecnociencia y los poderes económicos y políticos a su servicio. La humanidad no está por encima de la biosfera. Es nuestro hábitat y tenemos que tener cuidado, no aprovecharnos de él.

La explotación de más áreas naturales, las deforestaciones, y las infecciones víricas relacionadas. El traspaso de nuevas fronteras y la colonización de territorios inhóspitos relacionan humanos con animales con los que no había contacto. Ha sido el desarrollo de la industria agropecuaria la que ha causado las deforestaciones masivas, que los monocultivos se hayan esparcido, que se hayan destruido ecosistemas y reducido la biodiversidad. Ha sido la industria agropecuaria – también las granjas de producción intensiva de animales – quien ha facilitado la propagación de los virus patógenos, de las enfermedades víricas.

Aumentar las tierras de cultivo, en especial en los países en vías de desarrollo, como está previsto, no sólo pone en riesgo la biodiversidad, sino que incrementa la probabilidad de nuevas enfermedades. Debemos abandonar este sistema alimentario que no sólo destruye ecosistemas, sino que echa a la gente de sus casas y tierras. Y mata.

Los murciélagos, reservorios de virus, migran expulsados ​​de sus hábitats debido a las deforestaciones. Se ponen en contacto con nuevas cepas de patógenos, hasta entonces aislados, y luego retornan a sus lugares de origen y aprovechan las nuevas construcciones humanas para nidificar. Los insectos que acompañan humanos, instalaciones y luces, les proporcionan la alimentación. Así, acaban infectando los animales domésticos con los nuevos patógenos, ya sea vía contacto directo o contaminación por orina o excremento. No son los murciélagos los culpables. Lo es el sistema capitalista, que no tiene en cuenta los riesgos derivados de la colonización de territorios y la destrucción de ecosistemas.

Cuando modificamos la dinámica de conducta de una especie que tiene unos reservorios de patógenos, modificamos el ciclo de los mismos y podemos acelerar su riesgo de transmisión. Cuando desorganizamos los ecosistemas, sacudimos los virus y los liberamos de sus huéspedes naturales. Cuando esto ocurre, los patógenos necesitan un nuevo anfitrión. A menudo somos nosotros. Es la transferencia zoonótica. Es el caso de las epidemias recientes: Zika, Ébola, SARS, MERS. Y con mucha probabilidad, también la Covid-19.

Proteger y conservar la biodiversidad supone prevenir las alteraciones destructivas de los ecosistemas. Conservando la biodiversidad, conservamos nuestra salud. Una única salud que relacione la salud humana con el animal y el medio ambiente. La Salud Planetaria. No habrá salud planetaria si no se conserva la biodiversidad.

Entrevista al profesor del departamento de Biología Animal de la Universidad de Barcelona y miembro del Instituto de Investigación de la Biodiversidad Jordi Serra Cobo en el programa ‘En Directo en Radio 4’

 

Mercados: ‘pagar para vivir’

Se nos ha repetido hasta trincharnos el cerebro que los ‘mercados’ son el mejor regulador de la economía. Una mentira interesada, un fake ideológico. ¿Qué han hechos los mercados con la pandemia? Subir los precios de los materiales imprescindibles para hacerle frente y multiplicar los beneficios de las empresas/élites.

El ‘regulador’ ha decidido enriquecerse antes que salvar vidas. El mercado internacional de materiales médicos está controlado por pocas empresas, que ponen condiciones draconianas ante la demanda. Y los estados, sometidos a los mercados, no se atreven ni a confiscar unos stocks imprescindibles para la vida, ni a nacionalizar unas empresas que especulan con el precio de la muerte.

Los precios de los respiradores imprescindibles para evitar la muerte de pacientes, en especial los mayores, se han multiplicado por ocho como mínimo. Por cierto, ¿por qué cuesta tanto autorizar los respiradores de emergencia que proponen empresas y científicos? No quisiéramos pensar que también están en juego los intereses de las industrias farmacéuticas y sanitarias.

Los mercados, pues, no han dudado en ahogar vidas para multiplicar las ganancias (hasta cuatro dólares por mascarilla le cobraban al gobernador de Nueva York, cuando días antes no llegaban ni a un dólar). Los pedidos se demoran en los mercados mortales, a la espera de quien pague más. También especulan con los medicamentos y condicionan las ventas de otras compras/actuaciones.

Convertir el mal en un negocio. Hacer crecer el capital a costa de vidas humanas, ahora y siempre. El lucro, la especulación, la economía en negro, obligar a pagar las deudas antes de invertir en bienestar, las necropolíticas que ya están aquí y para todas, no sólo por los migrantes. Son males mortales del capitalismo. ¿O, del capitalismo mortal?

 

Pero, ¿qué esperábamos?

Para ‘superar’ la crisis de 2008 y para sustituir los negocios que ya no les resultaban viables, las élites españolas se quedaron con los 65.000 millones del rescate a los bancos de los cuales son accionistas – ni ahora ni nunca, han querido oír a hablar de devolverlos – y exigieron la privatización de los bienes comunes imprescindibles para la vida. Lo hizo el PP en el conjunto del Estado, en una estafa colectiva de proporciones bíblicas que ahora se manifiesta a través de la insuficiencia sanitaria.

En 2009, el porcentaje de PIB dedicado a la sanidad era del 6,77. En 2020, del 5,9%. La media europea, del 7,5. Mirémoslo desde otro punto de vista. Entre el fraude y la elusión fiscal, el Estado ha dejado de ingresar del año 2000 al 2019 entre 1,55 y 2,32 billones de euros, según sean las fuentes informantes. El PIB es de 1,24 billones. Este dinero, de tenerlo, habría servido para no recortar el estado del bienestar. ¿Pero quien es el que no paga? No los trabajadores. Ergo, mayoritariamente, deben ser los privatizadores. No hace falta decir nada más.

También en Catalunya. El actual Gobierno trató de imponer la Ley Aragonés, privatizadora del estado del bienestar catalán. Afortunadamente, no pudo. Pero el mal viene de lejos. Artur Mas y Boi Ruiz se dedicaron a expoliar a la ciudadanía recortando y privatizando la sanidad, con la connivencia de los socialistas a través de la sociovergencia, sistema de negocios público/privado, de puertas giratorias, al servicio de las élites dirigentes.

El proceso de privatización fue muy doloroso para las clases populares. En 2010, el presupuesto era de 9.875 millones de euros. En 2014, de 8.290 millones. Un recorte de 1.585 millones de euros.

La corrupción y las privatizaciones fueron escandalosas. Aún esperamos las sentencias por corrupción. Y la devolución de los 1.500 millones de euros que Mas y Ruiz recortaron 2014 respecto 2010. En 2017, el presupuesto todavía era de 8.876 millones, mil menos que en 2010, aunque el departamento de Salut terminó gastando 9.430. El Ministerio de Sanidad habla de un gasto sanitario consolidado en Catalunya en 2017 de 10.330 millones de euro, el 4,6 del PIB. Madrid, 3,7.

El recorte se ha manifestado en forma de listas de espera: 23,32 pacientes por cada 1.000 habitantes esperando una intervención. Ahora anuncian una inversión de 1.800 millones de euros por el coronavirus. Bienvenida sea. Políticamente, sin embargo, llega tarde.

Así nos ha encontrado el coronavirus, con equipamientos insuficientes, más de 600 médicos menos de los que había en 2010 (durante los recortes, despidieron a 800). Tres de cada cuatro médicos de primaria trabajan con sobrecarga. Y faltan enfermeras/os. Deberían ser alrededor de 17.000 más. Catalunya tiene 609 enfermeras/os por cada 100.000 habitantes. España, 559. Madrid, 672. La media de la OCDE, 844. El déficit es abrumador.

Todo ello ha provocado que las UCI no den abasto, que se le llame hospital a cualquier espacio donde se puedan poner camas, instrumentos, enfermeras, médicos y enfermos. Y que los profesionales tengan que decidir quién vive y quién no. El triaje puede ser necesario – lo es en los accidentes de tráfico – pero no tiene justificación cuando se tiene que hacer por falta de previsión/negligencia de la administración.

Faltan respiradores, protecciones, vestidos, materiales, camas, enfermeras, médicos y salas que estaban cerradas. Apelando a la vocación de los profesionales sanitarios, y en nombre de la salud pública, durante esta crisis se les obliga a renunciar a todo tipo de derechos laborales, como la seguridad en el trabajo, el derecho al descanso y la conciliación de la vida familiar y laboral.

Y las residencias de ancianos son un matadero. Desde hace mucho tiempo falta empatía, solidaridad, estado del bienestar, atención a los bienes comunes. Habrá que pasar cuentas. La imprevisión es manifiesta. Y las responsabilidades no se pagan con disculpas.

 

Enfermedad X

Debe ser la atención primaria, – que no sólo se debe mantener abierta sino que debería reforzarse incluso ahora para contener a los enfermos que están en casa, controlarlos y evitar, si es posible, que lleguen al hospital -, la medicina preventiva, la clave del sistema sanitario y no los hospitales, caros, ineficientes energéticamente, peligrosos e insostenibles. Y menos aún, los hospitales privados, creados para dar beneficios a sus accionistas y corporaciones propietarias”. Lo contábamos en Enfermos Climáticos cuando nos referíamos a cómo debía ser la atención sanitaria, y más con las nuevas amenazas que se divisaban a causa del calentamiento global.

Había y hay que prevenir. Y no son mayoría los profesionales que han recibido la formación suficiente para detectar a tiempo estas enfermedades emergentes. Alguien pensará: ¿cómo se puede prevenir algo de lo que no se sabe nada? No es exactamente así.

En 2018, la OMS advertía sobre la necesidad de prepararse para combatir la ‘Enfermedad X’, una bacteria o un virus hipotético que podrían surgir en el futuro y causar una infección generalizada en todo el mundo. En un artículo en El País, José María Martín Moreno, catedrático de Salud Pública en la Universidad de Valencia y ex director de programas para Europa de la OMS, hablaba de que esta enfermedad ‘X’ se desarrollaría, probablemente, a través de un mecanismo de transmisión zoonótica (cuando una enfermedad infecciosa que suele afectar a animales, salta a los seres humanos). Seguramente, y tal como hemos razonado, ha sido así.

Por su parte, José Luis Enjuanes, jefe del Laboratorio de Coronavirus del Servicio Nacional de Biotecnología, proponía desarrollar redes de vigilancia sanitaria y formar a los médicos de atención primaria y urgencias para saber reaccionar cuando se produzcan ingresos sospechosos. La amenaza existía y no hemos tenido noticia de ningún dispositivo oficial de prevención. Y si ha existido, ha fracasado.

 

Nueva pandemia

En septiembre de 2019, la Junta de Vigilancia Mundial y Prevención, integrada por la OMS y el Banco Mundial, en un dictamen para Naciones Unidas, El mundo en peligro: Informe anual para la preparación de las emergencias sanitarias, advertía: “Nos enfrentamos a la amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio. Se transmitiría a través de gotas procedentes de la respiración. Podría infectar a ungran número de personas y en poco tiempo matar a entre 50 y 80 millones, dado que con 36 horas se puede viajar a cualquier lugar. Y sería capaz de destruir casi el 5% de la economía mundial. Una pandemia mundial de esta escala sería una catástrofe y desencadenaría caos, inestabilidad, e inseguridad en todas partes. Sería el resultado de una convergencia sin precedentes”.

El informe dice que sería una crisis de carácter ecológico, político, económico y social, como el crecimiento demográfico, la progresiva urbanización, la integración mundial de la economía, la aceleración y generalización de los desplazamientos, los conflictos, las migraciones y el cambio climático. El mundo, aseguran, cada vez sufre más brotes de enfermedades infecciosas.

Se parece demasiado a lo que está pasando. Sabían que podía pasar y describen las posibles causas. No se ha hecho nada efectivo para prevenirlo y hacerle frente. Vivimos al día. Carpe Diem.

 

Prevención

Hace poco leía un artículo escrito con la visceralidad de quien quiere descalificar políticamente al adversario al margen de la razón. Se preguntaba: “¿Sería entendido por la ciudadanía invertir parte del presupuesto en investigar una posibilidad?”. La articulista, a quien ahorro la vergüenza de publicar su nombre, acababa de cargarse la investigación y la prevención. Lo más grave, sin embargo, fue que políticos con aspiración de gobernar, la apoyaron. Un desastre. Sin prevención/investigación no hay futuro y ambas disciplinas, aunque basadas en datos, son tan sólo posibilidades fundamentadas. La prevención no va con nuestra mentalidad. Error fatal.

Así estamos ahora mismo. Con la pandemia atacando con más dureza los lugares y los barrios más pobres, donde la población vive en pisos con más gente por metro cuadrado, a veces amontonados, mal alimentados y con peores estándares de salud. Con la Covid-19 haciendo más daño donde encuentra más desigualdades y precariedad y la atención primaria está más debilitada. Con el aislamiento, que es más duro para las personas que viven en pisos más reducidos, sin terrazas. Y, o, con menos capacidad de acceder a Internet, la única puerta abierta, aunque sea virtual, a la cultura y el ocio. Con las niñas y los niños que viven en estos inmuebles sufriendo una prisión, que por mucho que sea por su bien, no deja de ser una radical restricción de sus necesidades de moverse y relacionarse.

Con trabajadores manteniendo los servicios esenciales a cara descubierta, sin los equipos necesarios porque no se ha hecho prevención. Sin haber preparado los y las profesionales de la salud para que dispusieran de datos para poder entender el futuro que se acercaba. Enviándolos a apagar el fuego de la epidemia como se envió a los bomberos de Chernobyl, a tapar la radiación: sin protección. Diciéndoles que es un deber cuando la administración no ha cumplido con sus obligaciones de prevención.

Al fin y al cabo, sólo era una posibilidad expresada por científicos.

No lo decían ni las élites, ni los economistas ortodoxos, que, incompetentes, nos maltratan con falsas verdades. Y los políticos que gobiernan y los que dicen controlar, pusilánimes ellos, nunca han sentido la obligación de informarse ni de actuar. Ni a mirar el futuro, preocupados como están por los tiempos electorales. Y si alguien lo advierte, le marginan, le tapan la boca. Y no son ajenos los medios de comunicación, públicos y privados, sometidos a la corriente del pensamiento dominante. No hablamos de los periodistas, que bastante tienen con mantener el trabajo. Lo hacemos de la propiedad y de sus sirvientes, antes periodistas. Así se descompone la sociedad. Así se pierde la confianza. El sistema está tocado. También habrá que pedir cuentas, pero, sobre todo, tomar la iniciativa, rechazar imposiciones, y decidir, entre todas, el camino a emprender.

Continuará en el capítulo dos dedicado a la prospectiva: cómo afrontar el futuro.

 

 

 

 

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