Reseña: “El buen antepasado. Como pensar a largo plazo en un mundo cortoplacista” de Roman Krznaric

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Roman Krznaric

Tenemos que ser buenos antepasados de las generaciones futuras

El libro más reciente del filósofo Roman Krznaric nos recuerda la necesidad de pensar a largo plazo en un mundo cortoplacista

Somos los antepasados de las generaciones futuras. Y la cuestión que el filósofo australiano afincado en Inglaterra Roman Krznaric nos plantea es que sepamos ser unos buenos antepasados como lo fueron muchos de los que nos precedieron en la Historia de la Humanidad. Otros no lo fueron tanto. Más bien, lo contrario. Por eso tenemos el Planeta y el futuro como los tenemos.

Krznaric cita al investigador médico Jonas Salk quien, en 1955, junto a un equipo que trabajó con tesón durante diez años, acabó desarrollando una vacuna contra la poliomielitis, una enfermedad que mataba cada año a más de medio millón de personas en todo el mundo. “¿Estamos siendo buenos antepasados?”, se preguntaba Salk. Krznaric prefiere plantear la pregunta de un modo más activo: “¿Cómo podemos ser buenos antepasados?”. Lo considera imprescindible si queremos enfrentarnos a las crisis mundiales que nos amenazan. Enumera las amenazas de los sistemas de inteligencia artificial, como armas letales que no puedan ser controladas por sus fabricantes humanos, pandemias creadas genéticamente, guerras nucleares y la implacable destrucción de los sistemas ecológicos de los que depende nuestro bienestar y la vida.

Mientras seguimos extrayendo combustibles fósiles de manera irreflexiva, contaminando nuestros océanos y destruyendo especies a una velocidad que equivale a una ‘sexta extinción’, la posibilidad de que haya impactos devastadores está cada vez más cerca”, escribe. Tenemos que reconocer que “hemos colonizado el futuro” y “la tragedia es que las generaciones nonatas del mañana no pueden hacer nada contra ese pillaje colonialista de su futuro.

Para que esas generaciones futuras tengan una existencia digna, Krznaric dice que tenemos que cambiar nuestro cerebro motivado por nubes de azúcar por otro que funcione como las bellotas, pasar de un cerebro que solo piensa en la satisfacción inmediata a otro que nos permite imaginar futuros lejanos y trabajar pensando en objetivos a largo plazo. Y nos planta ante las consecuencias de nuestras decisiones de hoy: “Las generaciones futuras nunca nos perdonarían que tiráramos la toalla cuando aún había la posibilidad de un cambio, fueran cuales fueran las circunstancias”.

En las casi 300 páginas de este libro imprescindible para quienes de verdad quieran cambiar y mejorar el mundo encontraremos una vía para potenciar el pensamiento a largo plazo basada en una esperanza radical en que podemos ser unos buenos antepasados.

Mientras Roman Krznaric escribía El buen antepasado. Como pensar a largo plazo en un mundo cortoplacista (Capitán Swing Libros), su padre tuvo que huir de las llamas de un pavoroso incendio que amenazaba con devorar su hogar en Sídney. Era un incendio achacable al cambio climático causado por el hombre. Cuando iba a enviarlo a la imprenta la pandemia de la Covid-19 se propagó por todo el mundo. Los países que habían hecho preparativos a largo plazo para luchas contra posibles pandemias han respondido mejor ante la de la Covid-19 que quienes habían desmantelado sus servicios públicos de salud y sanidad.

Esta visión personal y comunitaria a largo plazo puede dar, incluso, según el autor, “un sentido a nuestras vidas”. “Podemos encontrar un propósito en la lucha por garantizar que la vida florezca generación tras generación. Si nos vemos como parte de un todo, podemos empezar a liberarnos del miedo a morir. El esfuerzo por pensar a largo plazo rezuma alimento existencial”, escribe.

Ser un buen antepasado da sentido a nuestra vida y a nuestra muerte.

Dos cosas más. Si leen que Krznaric les explica que escribió el libro en 02019 no piensen en un error de su edición, es que imagina el futuro dentro de decenas de miles de años. Y que quede constancia de la excelente traducción que ha hecho del mismo Efrén del Valle.

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