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La clave está en el Golfo: más “bótox”, menos democracia.

Món Obert 2.04.10

ARTICLE SICOM -AEREN: Josep Cabayol, Daniel Gómez, Frederic Pahisa

Las revoluciones en el mundo árabe han sido bendecidas desde el primer momento por la opinión pública del mal llamado mundo occidental que las ha convertido en su gran esperanza. Hasta tal punto ha sido así, que ha obligado a más de un gobierno – Francia a la cabeza – a cambiar sus políticas de apoyo a los dictadores. Ante las revueltas en Túnez, París optó de entrada por ofrecer apoyo a la represión sugiriendo el envío de gendarmes que mejoraran la capacidad de represión de la policía de Ben Alí. Después mutó y se puso al frente de la manifestación. El cambio provocó que el Elíseo sintiera temblores en sus pies cuando se produjo la revuelta en Libia. Sus intereses energéticos estaban pactados con el dictador Muammar Gadafi y por tanto sujetos a una paradoja: mantenerlos significaba enfrentarse a su opinión pública, con las consecuencias electorales que conlleva, y denunciarlos suponía perder el control sobre los recursos energéticos – gas y petróleo – que mantiene a través de las compañías francesas que los explotan. El Elíseo, sibilino, optó por la tercera vía: apoyar a los insurgentes y convertirse en el adalid de la democracia en el norte de África. De ganar, el nuevo gobierno reconocería los esfuerzos franceses premiándolo con el control de los hidrocarburos. Italia, – Berlusconi – de paso, perdería su papel preponderante en Libia y las compañías energéticas francesas – Total – desplazarían a su competidora ENEL.

Un obstáculo se interponía en el diseño de la nueva “grandeur” en África del Norte: los Estados Unidos. Washington, que sí controla el modelo de cambio en Egipto a través del trato de favor que recibe el ejército de El Cairo y su complejo militar- industrial, no extrae hidrocarburos en Libia, aunque sí está presente en los nuevos y prometedores campos donde se busca petróleo y gas. Eran necesarias dos cosas: convencer al presidente Obama de que el liderazgo político en el Norte de África debía asumirlo la UE con Francia a la cabeza y garantizarle que con el gobierno que surgiría del “cambio”, Washington degustaría el pastel energético libio. (Italia otra vez fuera).

Y así se hizo, pero con una condición: los países árabes del área del Golfo Pérsico debían ser considerados intocables quedando además, bajo la tutela y control de los Estados Unidos.

Cuando surgieron las revueltas en Bahrein el trato se puso de manifiesto. Tropas del Consejo de Cooperación del Golfo -1.000 de Arabia Saudita y 500 de Emiratos Árabes Unidos – entraron en Bahrein para apoyar al dictador y reprimir a los manifestantes. Una auténtica intervención extranjera al margen de Naciones Unidas. Europa y los Estados Unidos sin embargo, llamaron a la moderación, es decir, permitieron la represión a cargo de tropas extranjeras, con tan solo algún que otro aspaviento diplomático.

¿Qué diferencia hay entre Libia y Bahrein?

Dos hechos distinguen a ambos países: la importancia geoestratégica de los yacimientos de hidrocarburos en el Golfo Pérsico y la composición de la población. Bahrein es un país de mayoría chiíta – 70% – gobernado por la minoría sunita. Bahrein está en el estrecho de Ormuz, frente a las costas de Irán, el enemigo número uno en Oriente Medio para el “statu quo” occidental, y alberga la quinta flota de los Estados Unidos. Y en el conjunto de la población del Golfo – si incluimos Irán – la comunidad chiíta supera a la sunita que sin embargo es quién gobierna en todos los países excepto en Teherán. Por otra parte, más de la mitad (56,6%) de las reservas de petróleo mundiales se encuentran en el Golfo Pérsico. Con Irán descontrolado e Irak en conflicto, Arabia Saudita y demás países de la península arábiga son la garantía más importante de producción y suministro para Occidente. Además, y no debemos olvidarlo por su importancia, los países del Golfo acumulan divisas con la venta de petróleo que después usan a través de los fondos soberanos para comprar deuda emitida por los países occidentales, acudir al rescate de entidades financieras con problemas o comprar paquetes de acciones de empresas. En otras palabras, los dictadores dirigentes de los países del Golfo Pérsico son la garantía de que la sangre energética y monetaria continuará fluyendo hacia el corazón y el cerebro de occidente.

Libia no es relevante. Gaddafi es sacrificable, homicida, estrambótico y antipático, y en consecuencia, substituible por un gobierno afín a los intereses europeos y norteamericanos, que facilite el acceso a los recursos y se someta a las condiciones que establezcan los organismos económicos multilaterales que trabajan a favor de la supremacía occidental: Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional… Libia precisará fondos económicos para su reconstrucción y las condiciones serán draconianas: libre mercado, libre acceso de las empresas occidentales a los recursos energéticos, contención de los precios del petróleo…, a cambio de dinero que directa o indirectamente fluirá desde el Golfo.

¿Podrán todos los países árabes llevar a cabo su revolución?

Según los parámetros estratégicos de Washington y Bruselas, no. Podrán todos aquellos países en los que los cambios no alteren el flujo de intereses que circulan hacia Occidente. No habrá cambios – revoluciones – en el Golfo; sí se prevén en cambio en los estados que hayan sido incluidos en el eje del mal o sean potenciales aliados de Teherán.

Siria está en el punto de mira, es objetivo preferente. La dictadura sirve perfectamente a la propaganda del mal llamado primer mundo. Bashar-al-Assad acumula razones objetivas suficientes para ser derrocado, sustituido por un gobierno democrático surgido a través de las elecciones e incluso juzgado en la Corte Penal Internacional. Si añadimos que el país es de mayoría sunita pero gobernado por la familia Assad en connivencia con las minorías alauita y chiíta, será fácil convencer de las bondades de su caída.
Ahora bien, ¿qué pasará con otros movimientos en otras partes? No se permitirán si alteran el orden (interés) internacional imperante. Por poner un ejemplo: se dice que en Marruecos el pueblo no quiere derrocar al Rey sino que tan solo exige cambios reales en el proceder democrático. Significa introducir en la conciencia colectiva la revolución cosmética lampedusiana: que algo cambie para que todo continúe igual. Más bótox, menos democracia.

¿Y qué pasará en estados como Túnez donde la ciudadanía exige democracia económica? Si los tunecinos no lo impiden, en Egipto está la respuesta: en el referéndum convocado a toda prisa, tan solo se aprobaron algunos cambios en la constitución. Dicho de otro modo: se renunció a un período constituyente que debería haber permitido un cambio profundo. ¿Podrá el pueblo tunecino imponer su voluntad de abrir su proceso constituyente?

El principio de ingerencia humanitaria.

Para llevarlo a cabo es necesario convencer a la población de que es bueno en sí mismo intervenir en un determinado país para evitar que el tirano de turno cause una catástrofe humanitaria. Y tienen razón quienes se abruman con las matanzas causadas por los dictadores de turno. Sin embargo el café del cambio no alcanzará a todo el orbe, tan solo a aquellos que viven en territorios donde los cambios, por cuestiones logísticas, coinciden con los intereses de las capitales financieras. Donde el negocio no esté en peligro, adelante con la democracia. Donde la revolución ponga en peligro las finanzas, que se aborte en nombre de la estabilidad y la prudencia: Bahrein y el Golfo. Con una excepción: Yemen (ni tiene recursos significativos ni es amigo de los emires), donde sí se permitirá a los rebeldes intentar derrocar al tirano. Otra cosa será el empeño occidental en que lo consigan.

De vuelta a la ingerencia humanitaria. Una segunda prioridad para aplicar este principio es hacer de la arbitrariedad, virtud. Si es imposible intervenir en todas partes, ¡hágase allí dónde sea más necesario! Este argumento, repetido hasta la saciedad, impregna la conciencia de la ciudadanía que obtiene satisfacción al comprobar como caen algunos tiranos. La pregunta que deben hacerse es por qué no todos. Y la respuesta la hemos ido relatando.

Una pregunta para acabar: ¿es posible construir derecho internacional aplicando la arbitrariedad como principio?

Josep Cabayol Virallonga: President de SICOM – Solidaritat i Comunicació
Daniel Gómez Cañete: President de AEREN – Associació per a l’Estudi dels Recursos Eenergètics
Frederic Pahisa Fontanals – Director Programa Radiofònic Futurs
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