Jordi Serra Cobo: “Siempre ha habido epidemias, pero nunca ni tan frecuentes ni de este alcance. Las amenazas continuarán”. En Catalunya Plural 16/3/2021

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Josep Cabayol Virallonga y Frederic Pahisa Fontanals con el soporte de Siscu Baiges Planas y Ester González García, en nombre de Solidaritat i Comunicació – SICOM.

+ info en el programa “Emergència Climàtica” de Ràdio4 13/3/2021: “No fer prevenció ha impedit reduir el nivell de la pandèmia. #emergenciaclimaticaR4”

 

Jordi Serra Cobo es uno de los científicos de referencia a la hora de valorar la pandemia y sus causas y consecuencias. Cree que «iniciamos un proceso de globalización a todos los niveles sin tener en cuenta las repercusiones que podría tener en la salud. Sin ningún tipo de medidas preventivas». Y ahora con la pandemia, además del cambio climático, «estamos viviendo consecuencias que no serán las últimas»

Jordi Serra Cobo es una de las voces de referencia a la hora de hablar de la pandémica y de poner la emergencia de salud, en el contexto del cambio climático. Es investigador experto en eco epidemiología en el departamento de Biología Evolutiva, Ecología y Ciencias Ambientales de la Universidad de Barcelona, por la que es doctor. También es miembro del Instituto de Investigación de la Biodiversidad (IRBio) y Científico que trabaja con el Instituto Pasteur. Hemos conversado con él en el programa ‘Emergencia Climática’, de Radio 4.

«Hacía mucho tiempo que avisábamos que se estaban produciendo cambios muy rápidos y que podríamos tener un escenario pandémico», dice el doctor Serra Cobo. «En el año 2013 lo advertimos y no nos hicieron caso. Nos podíamos haber preparado mucho más y protegernos, en especial las ciudades, que son los focos donde inicialmente (después se expande) hay más probabilidad que se produzcan estos fenómenos. Pasa, pero, que vivimos en una sociedad que actúa más por reacción que no por prevención. Procedemos cuando tenemos el problema encima». Y continúa: «Sabíamos que vendría una epidemia, pero no sabíamos qué, ni qué virus, ni cuándo. Ahora bien, desde hacía tiempo conocíamos que los coronavirus eran de los patógenos que tenían más probabilidad. Había precedentes. En este siglo XXI ya hemos tenido cinco epidemias de coronavirus con humanos y una con cerdos. Por lo tanto, había síntomas que lo estaban avisando».

Disonancia

En 2018, para proteger las ciudades contra los virus emergentes, se presentaron sendos proyectos en La Caixa y en el Ayuntamiento de Barcelona. Respondieron que «no tocaba». En La Caixa lo encontraron innovador, pero… Tampoco en el Ayuntamiento de Barcelona lo estimaron necesario. Había «calma», no se habían encontrado patógenos y el proyecto les resultaba alarmista.

Explica Serra Cobo: «Era un proyecto multidisciplinario que tenía en cuenta factores socioeconómicos, biológicos, epidemiológicos. El objetivo era detectar cambios en la circulación de virus zoonóticos antes de que se expandieran a la ciudadanía. Para hacerlo, hacía falta una serie de especies centinelas que permitieran descubrir estas circulaciones de virus en las ciudades».

Centrado en Barcelona, se tenía que hacer también en París y Roma, con la voluntad de exportar el modelo a otras ciudades. Lo encabezaban el doctor Serra Cobo y su equipo de la Universidad de Barcelona y del Instituto de Investigación de la Biodiversidad – IRBio –, y el doctor Tomàs Pumarola del Vall d’Hebrón. Participaban también el Instituto Pasteur de París, la Universidad de Cambridge, el Instituto Spallanzani de Roma, el Hospital Clínico de Barcelona, la Facultad de Biología de la UB, el equipo ‘Cresta’ de la UAB y el Ayuntamiento de Barcelona. No se pudo hacer. En tiempo de bonanza, les resultaba «complicado» tomar precauciones y medidas preventivas.

«No sabremos, apostilla Serra Cobo, si nos hubiera permitido detectar el coronavirus, pero sí que nos hubiera posibilitado estar bastante más preparados para dar una respuesta más inmediata. Las ciudades se hubieran podido preparar para prevenir posibles epidemias. Es una de las asignaturas pendientes. Todavía nadie nos ha pedido nada…»

Defensa contra los virus

En el ámbito global, uno de los fenómenos detectados es que los cambios que se produzcan por todas partes, de todo tipo, son muy rápidos. Y muy globales. Un problema grave del cual no somos bastante conscientes. Las cosas que no pasaban ahora pueden pasar.
«Hay que controlar las mercancías, afirma Serra Cobo, para que lleguen sin ‘acompañantes’, sean especies invasoras o patógenos. El mosquito tigre llegó a Sant Cugat del Vallès procedente del sudeste asiático, en una importación de neumáticos donde había puestas del mosquito. A través de las mercancías también ha llegado la mariposa que nos está dejando sin boj en la Garrotxa y el Ripollès, para poner dos ejemplos».

Del mismo modo que llegan especies invasoras que podemos ver (mercancías / importaciones), pueden llegar nuevos virus.

Por otro lado, en las ciudades hay una fauna que va cambiando en el decurso de los años, como es el caso de la tórtola turca, que se ha convertido en una de las especies más abundantes, y de la cual no sabemos la cantidad de patógenos que hospeda. Es un proceso dinámico en el cual las especies van cambiando y, por lo tanto, variando los microorganismos que pueden contener.

Así pues, es necesario hacer tres cosas, sostiene Serra Cobo:

Controlar las mercancías.

Controlar las especies, de fauna, sin aprensión, pero con voluntad firme de controlar qué posibles patógenos pueden llevar.

Y una tercera más complicada, el control del movimiento de personas, tanto local como globalmente. En especial, cuando sabes que hay un foco infeccioso de donde provienen.

«Permitidme un ejemplo, dice Serra Cobo, en la Amazonia estamos investigando el Zika. Al inicio de la epidemia del Zika, cuando observabas los casos en Brasil, era interesante comprobar cómo se iban distribuyendo en los pueblos donde había carreteras. Es decir, que era con los vehículos donde, muy probablemente, se transportaban los mosquitos que llegaban así a los pueblos donde se producían los casos. Distribución, pues, muy relacionada con los cauces de comunicación. Todos nos movemos mucho, y esto tiene un precio».

Orígenes

El 28 de diciembre, publicábamos en Catalunya Plural una entrevista con el doctor italiano Giovanne Apolone, director del Instituto Nacional del Cáncer en Milán. En síntesis, informábamos que el virus circulaba por Italia desde septiembre de 2019, tres meses antes de que se notificara formalmente la epidemia en China.

Meses antes, Jordi Serra Cobo lo había anticipado: «El virus no apareció el diciembre de 2019 en Wuhan. Nuestros datos, argumenta, nos permiten afirmar que el octubre de 2019 ya había coronavirus en China».

Probablemente el que pasó a Wuhan fue su agrandamiento. En aquellas fechas de diciembre, en la ciudad hubo una gran concentración de gente a causa de las fiestas tradicionales, con centenares de miles de personas en la calle, tal vez más de un millón, llenando las calles, plazas y mercados. Las concentraciones favorecieron la propagación de la enfermedad que ya se difundía. Y una ciudad atestada, de once millones de habitantes, con la gente en las calles, hizo que se amplificara una enfermedad que ya por ella misma era muy transmisible. Wuhan es un centro educativo, industrial y tecnológico muy bien conectado. Si se produjo un fenómeno de amplificación como el descrito, la propagación era cosa fácil. [Recordamos que la doctora Rosa Maria Pintó, el doctor Albert Bosch y su equipo, descubrieron que el virus estaba en las aguas residuales de Barcelona el mes de marzo de 2019]

Ecosistemas

Hay tres regiones donde se concentra la máxima biodiversidad y también de patógenos: África Central (en Camerún la pérdida de bosques se estima de entre 800 y 1.000 kilómetros cuadrados anuales en parte para la construcción de carreteras y la expansión de asentamientos humanos), el Sudeste Asiático (donde se ha perdido el 30% de la superficie forestal en cuarenta años), y América Central y Amazonia (en la Amazonia la deforestación supera el 17% y está a un 3% de llegar a un posible punto de no retorno, que se sitúa a partir del 20% y que de lograrse y confirmarse, convertiría la selva en sabanas secas). Y una cuarta región emergente a causa del deshielo que podría liberar patógenos enterrados.

Razona Serra Cobo: «Cuando se produce una deforestación de bosques tropicales por implantación de asentamientos humanos, agricultura, granjas, casas, se destruye una parte de bosque y de la fauna que vivía en este bosque. Una parte de los animales se marchan y otra puede tener problemas de supervivencia y morir. Pero hay una tercera parte que intenta encontrar nuevos refugios allá donde vivían. Estos nuevos resguardos los consiguen en los asentamientos construidos por los humanos: granjas, casas… Entonces, estas especies, que no tenían contacto con las personas ni con los animales de granja, ahora, al hacer los cobijos en las casas y granjas próximas, empiezan a tener. En el supuesto de que estos animales sean reservorios de algún patógeno, aumenta la probabilidad de una adaptación del patógeno a la especie humana y/o a las especies de animales de granja. Si acontece, se incrementa la posibilidad de un salto de especie. Es el caso del coronavirus probablemente».

Cuando cambiamos la dinámica de conducta de una especie que es reservorio de patógenos, nos explica Serra Cobo, variamos el ciclo de los patógenos y podemos alterar el riesgo de transmisión. Cuando esto pasa, es posible que se modifique el riesgo de transmisión a un nuevo anfitrión. A menudo, somos nosotros. Es la transferencia zoonótica, un patógeno de origen animal infecta a los humanos. Se han puesto, y continuamos poniendo, las bases de nuevas epidemias: Zika, Ébola, SARS, MEROS, hepatitis E, dengue, chikungunya, Nipah, Covid-19…

Y continúa discurriendo: «el origen ancestral del coronavirus, del SARS-CoV-2 que ha causado la COVID-19, es con mucha probabilidad, el murciélago. Ahora bien, los murciélagos no han transmitido la COVID-19 a las personas. En el paso del coronavirus de murciélago a las personas hay toda una evolución. Por lo tanto, en la transmisión tiene que haber, con mucha probabilidad, una especie más próxima a la humana, que ha actuado como intermediario. En todo caso, y es muy importante destacarlo, la pandemia no ha salido de un laboratorio, ni es un virus manipulado. Es un virus procedente de fauna salvaje que ha evolucionado y pasado a la especie humana».

Contexto destructor

Primero, fue con la caña de azúcar ligada a la colonización, la esclavitud y la acumulación de capital. Después, la ‘revolución verde’ de los años cincuenta del siglo pasado, que causó desigualdades, hambre y pobreza y graves daños al entorno y la biodiversidad. Ahora es el turno de la agroindustria, que con altos rendimientos basados en entradas tecnológicas (pesticidas, fungicidas…), ha penetrado y destruido territorios dedicados a la agricultura familiar basada en el autoconsumo. Los monocultivos, como los de soja y aceite de palma, son los responsables del desplazamiento y desposesión de miles y miles de campesinos de sus tierras. Pero no tan solo.

En un anterior artículo en Catalunya Plural titulado ‘La salud del planeta lanza nuevos gritos de auxilio’, ya citábamos Delia Grace, epidemióloga, veterinaria y académica del Instituto de Recursos Naturales de la Universidad de Greenwich, en Londres. Grace es autora principal del informe de Naciones Unidas ‘Previniendo la próxima pandemia: las zoonosis y como romper la cadena de transmisión’, presentado el julio de 2020. Argumenta: «en el último siglo han surgido más y más enfermedades infecciosas: vacas locas, gripe aviar, VIH-SIDA, gripe española, y ahora la COVID-19. El 75% han tenido como fuente animales salvajes. Y muchas infecciones han llegado a los humanos usando como ‘puentes’ animales domésticos mucho más numerosos que los salvajes: pollos, cerdos, rumiantes y otros tipos de ganado. La demanda de proteína de origen animal —huevos, pollo, carne vacuna, peces— es una de las causas más importantes».

La industria está dominada por unos pocos tipos genéticos similares. Los animales están amontonados y estresados y, en estas circunstancias, su sistema inmunitario se debilita. En muchos países, las medidas de bioseguridad no son buenas. «Estamos observando una enorme presión sobre los ecosistemas impulsada por el aumento de población, con un enorme incremento de industrias extractivas». Y añade Delia Grace: «no basta con tratar los síntomas de la pandemia, se tiene que investigar de donde viene el problema y, si no lo hacemos, tendremos más pandemias».

En juego está la salud de todo el planeta, una única salud basada en la interdependencia entre la actividad humana y los sistemas naturales (agua, aire, tierra, biodiversidad) y su impacto en las personas y las otras especies que habitan la biosfera: una salud planetaria que estamos comprometiendo.

Escuchado el programa de radio, Jaume Portell, periodista, nos ha hecho llegar un acertado comentario para entender como el sistema económico pretende aprovecharse de la situación, olvidándose, una vez más, de las personas y sus necesidades y derechos inalienables.

Los negocios por delante de las personas

«Cuando mencionáis el aceite de palma, dice Portell, los diferentes cultivos dedicados a la exportación y la deforestación, hay que tener en cuenta el momento actual en los mercados financieros. Después de una inyección histórica de trillones de dólares procedentes de los bancos centrales decididos a rescatar bancos, transnacionales y negocios, muchos capitales necesitan lugares donde conseguir rentabilidad. Uno de los últimos refugios, tal como pasó en 2008, es el de las materias primas. Por este motivo, la madera o el aceite de palma están en máximos históricos. Es decir, como se puede ganar mucho dinero vendiendo madera y aceite de palma, el incentivo para continuar talando bosques y vender estos productos se multiplica. A principios de enero, el banco de inversión Goldman Sachs pronosticó un «superciclo», es decir, un aumento de los precios de las materias primas una vez la economía vuelva a la «normalidad». Como que los precios de algunas de estas materias habían caído a consecuencia de la pandemia que generaba un menor consumo, habían quedado muy «baratas» y, por lo tanto, comprarlas entonces y esperar una subida de precios, era una gran oportunidad para ganar dinero. Y muchos ya se están preparando para cuando llegue este día.

Murciélagos

El cambio climático tiene una incidencia capital en la hibernación de los murciélagos, expone Serra Cobo. En Sant Llorenç del Munt, explica, estamos haciendo el seguimiento de una colonia desde el año 1952. En una cavidad, a 65 metros bajo la montaña, donde hay sensores que controlan la temperatura de forma exhaustiva, hemos constatado que la temperatura ha subido aproximadamente 2 °C. (Datos coincidentes con el aumento detectado por el Servicio Meteorológico de Catalunya que sitúa la anomalía de la temperatura desde el periodo preindustrial en un incremento de casi 2 °C)

En los últimos veinte años (coincidiendo con la aceleración del cambio climático), los murciélagos han cambiado las costumbres de hibernación. Ahora el periodo empieza más tarde, es más corto y usan una estrategia diferente.

Cambio Climático

El cambio climático, que ha calentado la atmósfera, aumenta la temperatura y altera los océanos y la superficie, hace del agua un bien escaso, cambia los ecosistemas, destruye selvas y bosques (tropicales y boreales), amenaza la biodiversidad, desertifica el suelo, reduce la producción de la agricultura, cambia la fenología, provoca que los animales hibernen diferente, se modifique el comportamiento de los murciélagos, o facilite la adaptación del mosquito tigre… Este cambio climático de origen antrópico, originado especialmente por la quema de combustibles fósiles y el crecimiento permanente, también causa pandemias. Hace que las especies migren, abandonen las zonas donde vivían, que ahora son más cálidas, y se ubiquen en territorios donde antes no estaban y a los cuales pueden llegar ‘acompañadas’. Así mismo ocasiona, que haya zonas de la Tierra que se están deshelando como por ejemplo la Antártica, Siberia, Grenlàndia, el Ártico en general. Y bajo el hielo y el permagel, puede haber patógenos enterrados desde vete a saber cuándo, que queden liberados y circulen por el planeta. En agosto del 2016, un niño de doce años murió y unas veinte personas quedaron infectadas en Rusia porque el deshielo desenterró renos muertos por ántrax en cuarenta del siglo XX. En este caso, el patógeno era reciente y conocido y se pudo combatir rápidamente. ¡Aun así, murió un niño!

«Uno de los retos que tendremos que resolver es el de la prevención, reflexiona Serra Cobo. Otro, combatir las epidemias. Saber cómo el cambio climático afecta los reservorios de virus y, por lo tanto, la dinámica de los virus. Investigar, estar atentos a los virus emergentes. Estamos cambiando muchas cosas. Y es cierto, reconoce, que siempre ha habido epidemias. Pero nunca ni tan frecuentes, ni de este alcance. Las amenazas continuarán. Si no se cambia, estaremos sujetos a más epidemias. Ya llevamos cinco de coronavirus este siglo, pero también hay que añadir la epidemia provocada por el Ébola, entre otros. La COVID-19 es una muestra de lo que puede venir».

«Tenemos retos para afrontar como especie, concluye. La salud, las epidemias, la sanidad (una sola salud, la planetaria). La regulación de la demografía. La relación con la naturaleza. Entender que nada crece indefinidamente. Que el mundo es finito, que los recursos son finitos. En definitiva, que no podemos hacer lo que nos dé la gana. Y todo ello, lo tenemos que entender por nuestra propia supervivencia. Nos hace falta un cambio de hábitos, de manera de vivir, de mirar el mundo. Una de las cosas que más cuesta a nuestra especie».

Josep Cabayol Virallonga y Frederic Pahisa Fontanals con el apoyo de Siscu Baiges Planas y Ester González García, en nombre de Solidaridad y Comunicación – SICOM.

El proyecto CONVAT

Jordi Serra Cobo va muchos sábados a la montaña, a la naturaleza, a ‘cazar’, no setas, sino coronavirus para nutrir el proyecto CONVAT. Es un proyecto de la UE, nos explica. Estamos poniendo a punto un biosensor, de la medida de un teléfono móvil, para detectar coronavirus. No solo el SARS-CoV-2, sino todo tipo de coronavirus. “Buscar los muchos y muchos coronavirus – explica- que hay en la naturaleza, y buscar que este biosensor sea capaz y fiable para detectarlos es muy importante porque hay que estar atento, ponerles atención”.

La investigación la hace el equipo del Instituto de Investigación de la Biodiversidad (IRBio), con el Instituto Catalán de Nanociencias y Nanoteconología liderado por la profesora de Investigación del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Laura M. Lechuga, la Universidad de Marsella, o el Instituto Spallanzani de Roma. “Estamos buscando en el Norte de África, en las Islas Baleares, en Catalunya…”, explica Jordi Serra Cobo.

El biosensor ya funciona para detectar la COVID-19. “Todavía no, pero, para detectar los otros coronavirus que circulan por Catalunya”, explica.

“Permitirá diagnosticar una muestra (sangre o saliva) en muy poco tiempo y cuantificar la carga viral. Y es tan fiable como una PCR. La detección rápida de muestras positivas de coronavirus permitirá hacer las PCR solo a las personas que hayan dado positivo en el biosensor. Eso sí, habrá que hacerlas, porque el biosensor solo nos dice si la persona da positivo o no, y qué carga de virus, pero no nos dice su estructura, como está constituido. Para saberlo, es necesario hacer la PCR y después secuenciarlo. Será barato (10 o 15 euros) y fácil de utilizar. Servirá para diagnosticar, ahorrando mucho tiempo y dinero. CAPs y hospitales dispondrán del aparato. Al proyecto le falta un año aproximadamente para estar terminado”.

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