Seguridad nuclear: ¿Tenemos derecho a despreciar el futuro?

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Josep Cabayol, President de SICOM- Solidaritat i Comunicació

Daniel Gómez, Presidente de AEREN – Asociación para el Estudio de los Recursos Energéticos

El debate sobre lo seguras que son o deberían ser las centrales nucleares, es un debate trampa. Partamos de dos ideas base:

La seguridad nunca es absoluta y su grado depende de las inversiones que en ella se hagan.
En una economía de mercado, los estándares de seguridad están sujetos a la rentabilidad del producto. Sin beneficios no hay inversiones.

Es cierto que el ejercicio de las libertades conlleva riesgos y es saludable que así sea. Decidir es arriesgado, pero si no decidimos renunciamos a la democracia. Admitido el riesgo, hay que situar el límite que la sociedad puede asumir, tanto por lo que se refiere a los costos económicos, cómo a los humanos. Dejemos de lado de momento, el injusto debate de cuánto vale una vida (no tiene precio).

Está creciendo la tentación de comparar los riesgos nucleares con los inherentes a otras tecnologías o actividades. Y se hace marginando del debate el factor tiempo, la duración en el espacio y en el tiempo de las consecuencias de un evento.

La diferencia entre un accidente nuclear y la mayoría de los que ocurren en el devenir diario, es que el derivado de la gestión de la fisión del átomo adquiere carácter permanente y los otros, son temporales, subsanables y en un tiempo relativamente corto, desaparecen. Cualquier accidente nuclear adquiere una dimensión casi perenne, de difícil gestión y que requerirá atención permanente. Ello significa que con las tecnologías actuales, necesitaría inversiones (económicas, materiales y humanas) en la práctica, para siempre.

Y no solo los accidentes nucleares son permanentes, otros eventos también lo son o pueden llegar a serlo cuando, por ejemplo, provocan la desaparición de comunidades indígenas (genocidio), especies (disminución de la biodiversidad) o cuando alteran de forma permanente el medio ambiente (cambio climático).

El factor tiempo es por tanto, un eje claro del debate. Es precisamente el tiempo, la duración de las consecuencias, lo que distingue una actuación de otra. Lo efímero, aunque el efecto mariposa nos lleve a pensar que nada es inocuo, no tiene los mismos resultados que lo permanente.

En el debate de la seguridad deberíamos por tanto, introducir este factor: ¿cuanto tiempo necesitaríamos para resolver las malas consecuencias de nuestros actos?

Y la respuesta nos lleva a una segunda consideración: ¿Tenemos derecho a tomar decisiones que van más allá de nuestra capacidad de resolver los malos resultados que no tan solo intuimos, sino que conocemos?

Se me dirá: cuando los vikingos o Colón partieron hacia el oeste, desconocían las consecuencias que sus descubrimientos tendrían (algo parecido sucedería si decidiéramos y tuviéramos capacidad para colonizar el espacio exterior). Es cierto, y sin entrar en consideraciones de oportunidad temporal, ingerencia y desarrollo cultural y político, podríamos acordar que sus acciones fueron acertadas y fructíferas (según desde donde se mire).

Sin embargo hay una diferencia esencial: podemos convenir que desconocían si el viaje tendría malas consecuencias.

No es así en el caso de las nucleares, el cambio climático o el menosprecio a las comunidades indígenas o la biodiversidad. Conocemos que existe el peligro, hacemos cálculos de probabilidad y no obstante decidimos actuar a pesar de los riesgos cuantificables, con argumentos cortoplacistas (egoístas) que ponen en peligro distintos futuros.

La sociedad requiere replantearse si todo es presente o si por el contrario existe el futuro. La sociedad basada en el consumo como medida de prosperidad, solo es concebible sin tener en cuenta el mañana. Deberíamos trabajar en una definición de progreso que no nos haga esclavos de nuestras decisiones. De persistir, el fenómeno nos consumirá a todos.

Las nucleares impide desarrollar las energías renovables: Josep Puig, ingenireo UAB – ICTA

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