Envenenada normalidad: la pandemia está ligada a la crisis ambiental y climática

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Artículo publicado en  Catalunya Plural 28/4/2020

Josep Cabayol Virallonga amb la col·laboració de Ester González García i Siscu Baiges Planas

Podéis leer el artículo en catalán 

 

La transmisión de la Covid-19 está vinculada con la contaminación. Reducir a mínimos el transporte alimentado con combustibles fósiles es crucial. Y el descenso de la contaminación, causada al detenerse la actividad económica, no interrumpe el aumento de la concentración de Gases de Efecto Invernadero en la atmósfera

La crisis sanitaria está estrechamente ligada a la crisis ambiental y climática. Así lo demuestran tres estudios científicos. La salida de la pandemia no puede basarse en volver a la mal llamada normalidad. Hacerlo sería repetir los errores que nos han conducido hasta aquí, tanto respecto a la pandemia como en el caso de la emergencia ambiental/climática

El coronavirus SARS-CoV-2 viaja en los mismos transportes movidos con combustibles fósiles que envenenan la biosfera

¿Qué tienen en común el coronavirus SARS-CoV-2 y la Covid-19 con la crisis ecológica, contaminación, cambio climático? Para respondernos la pregunta hay que relacionar el transporte de personas y mercancías, el turismo, la contaminación, la concentración de gases de efecto invernadero / cambio climático, el sistema agroindustrial, el deterioro de los ecosistemas, la pérdida de biodiversidad [vamos camino de perder una de cada ocho especies] y las deforestaciones, con la pandemia por coronavirus SARS-CoV-2.

Covid-19 y Turismo

La Covid-19 viaja, especialmente, en avión. Lo dice la OMS: en 36 horas puede estar en cualquier lugar. Y lo dicen los datos del turismo. Si repasa cuáles son los países más golpeados por la pandemia, verá que son ocho de los diez que reciben más turismo: Francia, España, Estados Unidos, China, Italia, los cinco primeros, Turquía sexta, Alemania, octava y Gran Bretaña décima. De los diez primeros, quedan fuera de los más contagiados, Tailandia y México.

Conocida indiciariamente la influencia del turismo en la propagación de la pandemia, un turismo que se mueve impulsado por combustibles fósiles, preguntémonos la incidencia del transporte de personas y mercancías en la contaminación del aire y el cambio climático.

Transporte y Emisiones

Según el ‘World Resources Institute 2016‘, el transporte supone el 15,9% de las emisiones mundiales de GEI. En Europa, según la Agencia Europea del Medio Ambiente, y con datos publicados este año, el transporte consume un tercio de la energía final de la UE -en aumento-, y supone más de una cuarta parte de los gases de efecto invernadero, GEI, que emite el club de naciones. En España, según notifica el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO), el transporte supuso, en 2018, el 27% de las emisiones.

Gases con Efecto Invernadero

La concentración de gases de efecto invernadero sigue aumentando en la atmósfera, dado que no se han detenido las emisiones. Este año, se han batido 4 récords. El último fue el nueve de abril, cuando el Observatorio de Mauna Loa, en las islas Hawai, registró 417,91 ppm [partes por millón].

La contaminación del aire no es lo mismo que el cambio climático

Este incremento indiscutible de los GEI diluye la reducción de la contaminación en las ciudades, transmitida, a ‘bombo y platillo’, como si hubiéramos resuelto todos los problemas. Y no es verdad. La contaminación reaparecerá si volvemos donde estábamos y se reanuda, como si nada, la actividad productiva, el funcionamiento habitual de la sociedad. Y en ningún caso se ha resuelto, a pesar del mensaje equívoco que se da sobre la contaminación, la grave amenaza del cambio climático.

Porque no es lo mismo la contaminación que el cambio climático causado por los GEI, aunque la causa de ambas alteraciones de la atmósfera sea básicamente la misma: la combustión de materia fósil – petróleo, gas, carbón – para obtener energía, y la emisión a la atmósfera de gases y micro partículas sólidas.

La diferencia radica en que la contaminación atmosférica, muy perjudicial para la salud, – partículas PM10, PM2,5 y el ozono troposférico -, se dispersa con cierta facilidad cuando detenemos las emisiones. En cambio, los GEI – CO2, dióxido de dinitrógeno (NO2), metano (CH4) y los gases fluorados -, permanecen en la atmósfera mucho tiempo y sus efectos, no nocivos directamente para la salud, pero sí a la larga, provocan el efecto invernadero que calienta y altera la biosfera y, en consecuencia, amenaza la vida de las especies que lo habitamos: es el cambio climático comprometido y no es otra cosa que el tiempo en que continúa subiendo la temperatura aunque dejamos de verter GEI en la atmósfera, en especial CO2, que persiste por encima de 25-30 años con intensidad, y metano, que dura menos pero es 80 veces más potente [el CO2 supone el 80,7% de las emisiones en España y el metano el 11,9%].

La contaminación no sólo mata directamente, sino que ayuda a propagar el virus

Tal y como explicamos detalladamente en ‘Prevención, muertes, contaminación del aire, coronavirus y capitalismo‘, os recordamos que la contaminación del aire mata a más de 7 millones de personas cada año en todo el mundo, medio millón en Europa y entre 25 y 30 mil en España, 3.500 de ellas en Catalunya, según Air Quality in Europe .

En las grandes ciudades y en las tramas urbanas, la contaminación del aire proviene fundamentalmente de los motores de combustión del tráfico rodado y en especial de los vehículos diesel con respecto a la emisión de NO2 y partículas. Un informe de 2018 de la Diputación de Barcelona señala que la contaminación por partículas PM2,5 causa la muerte prematura de 17.910 personas en España, y que el NO2 provoca 19.470. Sumadas, son 7.000 personas muertas más y antes de tiempo, que las que aparecen en datos del MITECO y 12.000 más de las que reconoce la Agencia Europea del Medio Ambiente. Estos datos son muy adecuados para comprender la importancia de tres estudios que vinculan la contaminación del aire con la propagación del virus.

La Covid-19 se propaga mejor cuando el aire está contaminado, según tres estudios científicos

Uno es de la Universidad Harvard TH Chan, Air pollution linked with higher Covid-19 death rates hecho por Xiao WU y Rachel Nethery. Sostiene que por cada microgramo más de contaminación, el riesgo de contraer la Covid-19 se incrementa en un 15%: «una persona que vive durante décadas en un lugar con altos niveles de contaminación por partículas, tiene un 15% más de probabilidades de morir por Covid-19 que otra que viva en un lugar que sólo tenga un microgramo menos por metro cúbico de contaminación».

Un solo microgramo menos por metro cúbico aumenta la probabilidad de contagiarse y morir en un 15%. El estudio apunta, como parece confirmarse, que los países, regiones, con más contaminación, serán los que tendrán más hospitalizaciones y víctimas mortales.

Un segundo estudio, de la Universidad Martin Luther de Halle-Wittenberg, realizado por Yagen Ogen, vincula la propagación de la Covid-19 con la alta presencia de NO2 en el aire. Han estudiado la relación entre la presencia de dióxido de nitrógeno, – que provoca problemas de hipertensión, diabetes y enfermedades cardíacas y cardiovasculares -, y las muertes por el virus SARS-CoV-2 en 66 regiones administrativas de Italia, Francia, Alemania y España.

El resultado ha sido que de los 4.443 casos de víctimas mortales, 3.487, el 78%, fueron en cinco regiones del norte de Italia y del centro de España, regiones todas ellas con las concentraciones de NO2 más altas que, combinadas con flujos de aire descendente, impiden una dispersión eficiente del aire. El estudio concluye que la exposición a largo plazo al NO2 puede ser uno de los principales contribuyentes de las muertes causadas por la Covid-19, en concreto en las regiones estudiadas y tal vez todo el mundo.

El tercer estudio se ha realizado en la Universidad de Bolonia, y lo ha dirigido Leonardo Setti. Sugiere, porque está pendiente de revisión por científicos independientes y son evidencias preliminares, que el virus está presente en partículas PM10 en el aire libre. Y que los niveles más altos de contaminación podrían explicar tasas más altas de infección por SARS-CoV-2. Falta saber la tasa de virulencia cuando es absorbido por las partículas.

Otros dos grupos del mismo equipo de investigadores apuntan que la contaminación del aire podría ayudar al coronavirus a viajar a distancias mayores, contribuyendo así a aumentar el número de personas infectadas. No se sabe la tasa de concentración que sería necesaria para impulsar el efecto contagio.

A la vista de los datos, podemos afirmar que el transporte de mercancías y personas, turismo incluido, procedencia principal de la contaminación del aire, contribuyen significativamente a la propagación de la Covid-19 y al mismo tiempo envenenan la atmósfera.

¿Qué hacer ante la evidencia? ¿Aplicar medidas coercitivas, como mapas inmunológicos, controles a través del móvil, aplicación de test rápidos en las aduanas, vigilancias a través de cámaras con reconocimiento facial, carnés de buen comportamiento, restricción de derechos a las personas presuntamente enfermas y de todas en general?… o ¿cambiar de modelo e ir trabajando para restringir, poco a poco pero decididamente, el transporte con el objetivo de limitar a casos estrictamente necesarios, de seguridad? El aumento de GEI y de las temperaturas, como hemos visto antes, así lo aconsejaría.

Allí donde gobiernan las mujeres

No está de más poner de manifiesto que en la lista de 12 países más eficientes en la lucha contra la pandemia, el 60% están gobernados por mujeres. Un dato que es aún más significativo, y no puede ser por casualidad, si tenemos en cuenta que tan sólo el 5% de los países a nivel mundial están dirigidos por una mujer. Tanto Alemania, como Noruega, Finlandia, Dinamarca, Islandia, o como Nueva Zelanda o Taiwán -con mujeres al frente de sus gobiernos- han tenido un estilo similar a la hora de abordar la crisis sanitaria.

Sus dirigentes han sido capaces de tomar decisiones rápidas y efectivas, han sido capaces de prever la magnitud de la crisis, han transmitido mensajes claros y contundentes y, a la vez, empáticos y han sido creativos en sus soluciones. Por lo tanto, la mirada femenina en estos casos ha sido la más eficiente para atender y velar por su población, y así lo demuestran los datos de contagios y muertes.

Unit Bios Helsinki

Vale la pena recordar en este punto, las recomendaciones que un año atrás, nos hizo Paavo Järvensivu, economista biofísico, autor principal de un estudio de la ‘Unit Bios de Helsinki, en el que se analizan, para el informe sobre desarrollo sostenible de las Naciones Unidas ‘Governance of económico transición, de 2019, cómo se deberían transformar las economías para hacer frente a la crisis ecológica.
Nos contestó:
1. Calentar y enfriar las casas y producir electricidad sin quemar carbón ni ningún otro combustible fósil.
2. Transportar las personas y las mercancías sin quemar petróleo ni ningún otro combustible fósil.
3 Producir alimentos de manera que se regenere el suelo en lugar de erosionarlo.

El punto segundo coincide con las conclusiones que hasta ahora apuntamos en este reportaje. Desarrollamos el tercero.

La producción de alimentos

Si volvemos a mirar el ‘World Resources Institute 2016’ sabremos que el 11,8% de los GEI vertidos en la atmósfera son producidos por la agricultura. Si suman los cambios de uso del suelo y la silvicultura, el 6,5%, los GEI atribuibles llegan al 18,3%. En España, un 12%. Si sumamos las emisiones que generan la maquinaria agrícola y forestal, nos vamos al 14%. Abandonar la agroindustria supondría un buen ahorro de GEI y contrarrestar eficazmente el cambio climático y las pandemias.

La tercera recomendación de Järvensivu va directo a la línea de flotación del actual sistema agroalimentario. Para hacer frente a la emergencia climática que viene, leemos en el informe de la Unit Bios de Helsinki, la exportación de alimentos puede llegar a ser insostenible tal como la conocemos. En los países en desarrollo, el sistema impuesto de exportar una selección reducida de materias primas y materiales y la importación de alimentos básicos baratos no ha funcionado para las comunidades locales.

Estos países deberían centrarse en proporcionar nutrición diversa a las personas, producida en el país por cuenta propia y, así, aumentar las oportunidades de vida locales y mejorar las condiciones sociomaterials generales.
Simultáneamente, la mayoría de los países ricos, que actualmente confían en la importación de alimentos en cantidades significativas, deberán alcanzar un alto grado de autosuficiencia alimentaria. Sería demasiado arriesgado confiar en la producción de algunos alimentos principales para importar el resto. Esto tendrá repercusiones en el comercio internacional de alimentos, que debería limitarse a casos de seguridad alimentaria.

Estamos hablando de soberanía alimentaria en el norte y el sur para mejorar la alimentación y reducir el transporte significativamente y la contaminación que causa. Estamos hablando de agroecología, que no se limita a contemplar la dimensión técnica y productiva sino que también contempla la socioeconómica y la sociopolítica y cultural.

En este sentido, dice Marta Guadalupe Rivera, directora de la cátedra de Agroecología y Sistemas Alimentarios de la Universidad de Vic-UCC y miembro del equipo que redacta el informe de impactos, adaptación y vulnerabilidad del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas, en el artículo ‘¿Qué debe hacer Catalunya para tener soberanía alimentaria‘: «sólo un tercio de la agroecología está directamente relacionada con la producción. Los otros dos tercios son cuestiones culturales, políticas, de justicia social, de redistribución, de derechos, de consecuencias medioambientales, de trabajo, de salud pública. No basta con la agricultura ecológica «.

Y además, es mejor que la agricultura sistémica: «Si consideramos un monocultivo convencional y analizamos los kilogramos de producción obtenidos por hectárea, la productividad / negocio sería mayor que en un cultivo ecológico. Por el contrario, si lo que tenemos es un policultivo sometido a barbecho y rotaciones, donde plantamos productos diversos (arroz, maíz, patatas, cebollas, lechugas), entonces la cantidad de biomasa / comida producida con agricultura ecológica es mayor que en la convencional».

«Hay que ir hacia un sistema alimentario basado en pequeñas producciones -sostiene el agroecóloga Isabel Álvarez- que proteja el medio rural y produzca alimentos fijando carbono. Asentar un tejido agrario muy potente que limite el crecimiento de las ciudades, que fije población y ahorre emisiones, energía y kilometraje para transportar alimentos». «El actual sistema agroalimentario no sólo destruye el planeta a marchas forzadas, sino que echa a la gente de sus casas y tierras».

Y remacha Marta Guadalupe Rivera: «El sistema agroalimentario no está pensado para poner fin al hambre, sino para generar beneficios económicos. Sería más barato cambiar de modelo que no pagar los costes en salud que está causando «. Ahora mismo, menos de un tercio de la población mundial se puede alimentar con producciones locales. En Catalunya, el 40%.

Un camino

Transformar el sistema alimentario es también luchar contra la Covid-19 y futuras enfermedades / virus / pandemias, porque la alteración de ecosistemas y las infecciones víricas relacionadas, como explicábamos en ‘Una sola crisis, la del capitalismo ‘, la colonización de nuevos territorios hasta ahora inhóspitos relaciona los humanos con cepas víricas con las que no había contacto y activa procesos de zoonosis que permiten a los virus pasar primero a animales domésticos y luego los humanos. Ha sido el desarrollo de la industria agraria y ganadera la que ha causado las deforestaciones masivas, que los monocultivos se hayan esparcido, que se hayan destruido ecosistemas y reducido la biodiversidad. Ha sido el sistema agroindustrial que ha facilitado la propagación de los virus patógenos, de las enfermedades víricas.

Reducir gradual pero decididamente el transporte movido con combustibles fósiles, reducir la movilidad en mínimos, – aviación, barcos, coches, turismo, viajes, personas, en definitiva – también el de las mercancías y los alimentos, transformar la agricultura y la ganadería haciéndola de proximidad y extensiva, buscando soberanías locales, empleando las renovables para calentar / enfriar casas y producir electricidad y alimentar la sociedad y sus procesos productivos y de los bienes comunes, con energías renovables y empleando las fósiles para fabricar las herramientas y renovarlas, sin exceder la capacidad de absorción de CO2 – neutralidad de carbono -, puede parecer una utopía, y tal vez lo sea, pero es un camino para evitar la contaminación, la concentración de GEI en la atmósfera y el aumento de las temperaturas, crear soberanías locales alimentarias y energéticas,también políticas, evitar el deterioro de la biosfera y avanzar en la lucha contra la Covid-19.

En definitiva, avanzar en la lucha contra el cambio climático, la contaminación del aire – también la acústica – y la pandemia actual y las que han de venir. Tres objetivos en una sola actuación, reducir a mínimos el transporte alimentado por combustibles fósiles haría avanzar de forma efectiva en la descarbonización de la economía y reportaría beneficios evidentes a la salud planetaria.

Para ello, habría que hacer caso y llevar a cabo las indicaciones que el programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente hacía saber en noviembre de 2019. En síntesis, dice que si se quiere conseguir que la temperatura no suba más de 1, 5ºC respecto de la era preindustrial, las emisiones de CO2 deberían reducirse un 7,6% cada año durante el decenio de 2020. Un 55% en un decenio. Verter en la atmósfera 32Gt menos de CO2e [Gigatoneladas de CO2 equivalente]. Si el objetivo aceptado fuera evitar los + 2ºC, entonces la disminución debería ser del 2,7% anual. Un 25% en el total de la década. Reducción de 13GtCO2e.

Jason Hickel, de la Goldsmiths University de Londres, y Giorgos Kallis, del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales (ICTA) de la UAB, lo explicaban en términos de PIB, en un informe publicado en mayo 2019 en la revista ‘New Political Economy’ y recogido por ‘Sostenible‘: si el sistema económico quiere evitar que la temperatura suba más de 2ºC, el PIB no puede crecer más allá del 0,5% (un porcentaje insuficiente para el concepto sistémico de crecer, que se sitúa alrededor del 2%). Pero si lo que se quiere evitar es el aumento de 1,5ºC, entonces el decrecimiento es inevitable.

En consecuencia, evitar un incremento de 1’5ºC significaría decrecer ineludiblemente. Evitar los 2ºC, supondría crecer tan poco que, de hecho, conllevaría el estancamiento. Dice Kallis en New Yorker : «Cuanto más rápido producimos y consumen bienes, más perjudicaremos el medio ambiente». «Si la humanidad no quiere destruir los sistemas de apoyo a la vida del planeta, la economía global debería ralentizarse». Como veremos más adelante, no parece el caso.

Si sumamos las emisiones de GEI atribuibles a la agricultura, con las del transporte y las de la energía en el mundo [Energía: un 30,4 partes y 18 en España] se supera, con mucho, la mitad de las emisiones: 64,6% en todo el mundo. El 59% en España.

¿Qué viene?

Nada hace pensar, por las declaraciones y anunciadas actuaciones de los gobiernos, que este sea el camino. Más bien lo contrario. Volver a la ‘normalidad económica’, a los negocios habituales, el recurso mortal de las energías fósiles poniendo todo el veneno en la parrilla, anulando las regulaciones medioambientales y las limitaciones a la circulación de vehículos.

En todo se está pidiendo / presionando en este sentido, lo que confirma que la voluntad del mundo financiero / élites es hacer un intento desesperado de volver donde estábamos, confunden a la ciudadanía con falsas esperanzas.

Las medidas que se proponen / propondrán serán presentadas como si la pandemia no estuviera relacionada con la mala gestión de la biosfera. La Covid-19 no es una amenaza del pasado, también lo es del futuro porque no se ha terminado, no se irá del todo, iremos alternando períodos de libertad restringida con nuevos confinamientos cuando la enfermedad repunte. Como mínimo, hasta que haya una vacuna capaz de ser efectiva aunque el virus mute. O hasta que la mayoría de la población esté inmunizada. También muy difícil porque los test que ha hecho la OMS hasta ahora sólo han detectado entre un 2 y un 3% de inmunidad. Fatal, de confirmarse.

Y claro, si relacionáramos el modelo económico vigente con la enfermedad, tal vez responderíamos diferente.

Actuando de esta manera no sólo se sacrificarán personas para salvar los intereses de las élites / mundo financiero, sino que aumentará la contaminación y la concentración de GEI y en consecuencia, el riesgo de que la biosfera altere aún más su funcionamiento y se ponga en riesgo la supervivencia de los seres que la habitamos. Volver donde estábamos, recuperar la mal dicha normalidad, significa repetir los errores que nos han conducido hasta aquí, tanto con respecto a la pandemia, como en el caso de la emergencia climática / ecológica. Actuar de la misma manera nos lleva al mismo resultado: el sistema subsistiendo a base de excluir, despojar, precarizar, de sustraer riqueza de las clases medias / populares y transferirla a los más ricos, de considerar superfluas personas, de practicar necropolítiques.

Y a la larga, muy probablemente demasiado tarde, élites y gobiernos, que van de la mano, deberán actuar contra la emergencia climática / ecológica. Entonces, con prisas, tratarán de imponer medidas perturbadoras ‘manu militari’ iniciando un tiempo negro. Un objetivo suicida y al mismo tiempo de ninguna fiabilidad.

 

 

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